Llevo años respondiendo a la misma pregunta: ¿qué se siente al vivir rodeada de flashes, alfombras rojas y gente que parece de otra galaxia? Y mi respuesta nunca cambia. El verdadero lujo no te lo da la etiqueta del vestido ni reservar la mejor mesa del restaurante de moda. El lujo de verdad es tener la libertad de elegir con quién pasas la noche, blindar tu reputación y saber moverte por mundos que, desde fuera, parece imposible que lleguen a rozarse.
Precisamente de esa frontera nace este artículo. Durante los últimos meses me he dedicado a charlar —en salones privados, en la parte de atrás de coches con los cristales tintados y en llamadas fantasma que jamás aparecerán en una agenda— con mujeres que se anuncian de forma anónima en Zukery, una plataforma de acompañantes en Madrid. Pero la historia no acaba ahí. También he hablado con hombres de mi propio círculo: empresarios, altos directivos y profesionales que se pasan la vida viajando y firmando acuerdos. Hombres que, cuando se apagan los focos del protocolo, buscan compañía de alto nivel. Por supuesto, no daré ni un solo nombre. Si algo he aprendido, es que el lujo genuino consiste en saber callar.
Quiero dejar las cosas claras desde el principio. Es habitual meter en el mismo saco a una escort y a una prostituta de lujo, y aunque la comparación tiene su lógica, se queda muy corta. Zukery se define (y sus usuarios lo corroboran) como un directorio de compañía social pensado para eventos, cenas de gala, viajes de negocios o veladas especiales. ¿El sexo? Según la web y la inmensa mayoría de las mujeres con las que he hablado, es totalmente opcional. De hecho, en muchísimas citas ni siquiera llega a plantearse. Aquí el producto no es un cuerpo. Lo que realmente se está pagando es presencia, saber estar, belleza al servicio de un contexto y, por encima de todo, el alivio de no sentirse solo en un entorno que te exige tener éxito pero te condena a la soledad.
Madrid: una ciudad, dos luces muy distintas
Madrid funciona con dos iluminaciones. Está la luz del día, la del trajín en las oficinas de AZCA, los desayunos pijos en el barrio de Salamanca o las infinitas colas frente al Prado. Y luego está la luz de la noche, que no es más oscura, pero sí muchísimo más selectiva. Es en esa penumbra donde se mueven hombres que a las siete de la tarde están presidiendo un consejo de administración y a las diez de la noche necesitan, casi con desesperación, a alguien que domine los cubiertos del pescado, que sepa qué preguntas jamás se deben hacer, que ría un chiste en inglés con total naturalidad y que, llegado el momento, sepa esfumarse de una foto de grupo sin que nadie note su ausencia.
Conozco de primera mano esa necesidad. Y ojo, no porque yo me dedique a ello, sino porque mi trabajo con la imagen y el protocolo roza constantemente ese mundo. Creedme: una mujer que sabe cómo entrar en una sala es capaz de cambiar la atmósfera de toda la mesa. Por contra, un hombre que se presenta solo a una cena de gala, a un cóctel en un hotelazo de la Gran Vía o a una fiesta post-feria en Ifema, acaba sintiendo que su prestigio le pesa. Porque el éxito, cuando no tienes con quién compartirlo en tus propios términos, acaba siendo como actuar en un teatro vacío.
Justo en esa grieta es donde prospera un mercado que, seamos sinceros, tiene poco de nuevo (pagar por compañía es tan antiguo como las propias ciudades), pero que hoy se reviste con el diseño de una plataforma premium. Zukery no ha inventado la rueda. Simplemente la ha empaquetado a la perfección: fotografías cuidadas al milímetro, categorías muy marcadas (Lujo accesible, Alto Standing, Top Zukery, Exclusividad), perfiles validados y un discurso centrado en la discreción extrema. Insisten mucho en que no venden sexo, aunque dejan claro, con una honestidad que llega a sorprender, que si surge la chispa, la noche puede tomar otros derroteros.
Lo que de verdad significa (y lo que no) esta forma de compañía
Casi todas las mujeres con las que me he sentado a charlar me insistieron en un matiz que lo cambia todo. Ellas no se ven a sí mismas como «putas de Madrid» (una etiqueta de la que la plataforma huye como de la peste), ni muchísimo menos como novias de alquiler. Dependiendo del día, se definen como actrices interpretando un papel a medida, anfitrionas todoterreno o expertas en saber estar. L., una española de treinta y bastantes con un puesto de responsabilidad en un sector completamente distinto, me lo resumió de forma impecable:
«Yo no vendo sexo. Vendo que él no tenga que dar explicaciones de quién soy. Vendo mi conocimiento sobre vinos, sobre cine o mi instinto para saber que en esa mesa no se toca la política. Si después hay atracción, ya lo hablamos. Y si no la hay, cobro mi tarifa, pido un Uber y hasta la próxima. La gente tiene la manía de confundir intimidad con meterse en la cama. La intimidad real es poder estar con alguien que te mire a los ojos y no te acribille preguntándote a qué te dedicas».
— L., perfil anónimo en Zukery
M., una chica latinoamericana bastante más joven y directa, me dio una versión sin tanto filtro:
«Tienes clientes que solo buscan cenar, y punto. Tienes otros que quieren cena y cama. Y luego están los que necesitan que actúes como si todo esto no fuera un negocio. Al final, la que decide soy yo. El problema viene cuando finges tan bien que hasta tú te lo crees, o cuando el tipo de turno se piensa que por haber pagado ya ha comprado el derecho a no escuchar un no».
— M.
No podemos obviar el marco legal español, por mucho que en esas cenas nadie hable de leyes. Ejercer la prostitución de forma voluntaria siendo adulto no es un delito en nuestro país. Tampoco lo es llegar a un acuerdo económico a cambio de compañía social. Pero ojo, lo que sí está penado (y esto no admite debate) es el proxenetismo, la explotación, coaccionar a alguien y, por supuesto, la trata. Zukery juega la carta de ser solo un escaparate: no hacen de intermediarios, no se llevan comisión por cita y no manejan la agenda de las chicas. Esa independencia total es su mejor baza comercial, pero también su principal zona gris. Al final del día, nadie vela por ti; estás sola.
Precisamente por eso, lo que estás leyendo no pretende ser ni un alegato a favor ni un juicio moral. Míralo como un mapa. Y créeme, en el mundo del lujo, si navegas sin mapa acabas estrellándote.

El perfil de ellas: las que dan la cara (en privado) y las que lo negarían siempre
Me he cruzado con perfiles de lo más variopinto. Tienes a chicas de máster que usan esto para pagar los alquileres disparatados de Chamberí. Mujeres en la treintena con empleos súper «respetables» cuyos sueldos no les dan para mantener el nivel de armario que la propia empresa les exige. Extranjeras en situación legal que pronto se dieron cuenta de que en Madrid ser guapa, y saber venderlo, te abre más puertas que un título universitario. Y sí, también hay rostros que te sonarían muchísimo si les quitaras el nombre falso, el filtro fotográfico y el ángulo estudiado. No, no voy a caer en el morbo barato de decir que «todas las famosas» están metidas en esto, porque es mentira. Pero sí diré algo bastante más espinoso: gracias al anonimato, mujeres con proyección pública (o rodeadas de un entorno que las lapidaría) están rentabilizando esa misma imagen que hasta hace nada regalaban en su feed de Instagram, en estrenos de cine o en las cenas del sector.
C., como he decidido llamarla, se mueve en un círculo que me resulta muy familiar. Ropa de firma, de esos apellidos compuestos que actúan como llave maestra y una agenda a medio camino entre la vida social y el secretismo absoluto. Me confesó que no empezó en esto por necesidad económica, sino porque odiaba tener que pedir favores. «Tener que pedirle a un tío de mi entorno que me pague un fin de semana en Venecia me sale muchísimo más caro a nivel emocional que cobrarle a un perfecto desconocido por irme a Venecia con él». Se me grabó a fuego. En las altas esferas, la dependencia casi siempre se camufla de romanticismo. Un contrato comercial, por crudo que suene, al menos va de frente.
Los verdaderos motivos (los confesables y los que se quedan en la sombra)
Casi siempre te encuentras con los mismos motivos, aunque con ligeros matices. El dinero es el rey, lógicamente: una sola noche en el circuito top de Madrid puede solucionarte el equivalente a varias semanas de un salario normal. Luego está el acceso a un estilo de vida inalcanzable: hoteles de cinco estrellas gran lujo, restaurantes imposibles de reservar, jets privados, palcos VIP, yates en agosto y fiestas exclusivas donde no entras escaneando un código de Eventbrite. Otra razón de peso es el aprendizaje brutal. Varias chicas me reconocieron que hacer esto les ha dado más tablas en protocolo, idiomas y «saber leer» a la gente que cualquier máster carísimo. Pero hay un motivo del que casi nadie habla: la pura adrenalina. Para algunas, esconderse bajo un alias les permite sacar una versión de sí mismas que su vida «oficial» les prohíbe. Que te miren mezclando deseo y admiración, sabiendo que el hechizo se rompe a medianoche, engancha muchísimo.
Pero la factura pasa factura, y el cansancio es real. El cuerpo pesa, mantener la sonrisa perpetua agota y vivir soltando excusas (el clásico «estoy en la organización de eventos», «soy freelance» o «vine con un amigo de la familia») termina quemando. Conocí a una chica que hace malabares con tres móviles distintos. Otra me contó que perdió a su círculo de amigas de toda la vida cuando la descubrieron. Y hay quien vive con el nudo en el estómago, aterrorizada ante la idea de que una foto robada salte de un grupo de WhatsApp a un periódico digital. Porque no nos engañemos, vivir rodeada de lujo no te hace inmune a las capturas de pantalla.
Cómo es realmente una noche (sin morbo de por medio)
La dinámica de estos encuentros tiene más de producción cinematográfica que de cita romántica. El primer toque suele ser vía web o WhatsApp. A partir de ahí, toca filtrar: pedir una foto del DNI, echar un vistazo rápido a LinkedIn, asegurar que el hotel sea de confianza o preguntar a otras compañeras. Luego viene la negociación pura y dura: cuánto, cuánto tiempo, cómo hay que ir vestida, si incluye cena, viajes, si se hace noche y qué extras entran en el precio. A la hora de la verdad, ella se prepara literalmente como si fuera a salir a escena. Pelo impecable, manicura perfecta, un outfit que destile clase (nada de cosas que parezcan prestadas) y un buen tema de conversación ya preparado para romper el hielo. Él, por regla general, o llega tardísimo o peca de puntual. Cenan, beben (siempre controlando los tiempos) y charlan sobre hijos de los que no deberían hablar, exmujeres a las que es mejor no mencionar o negocios confidenciales. A veces la cosa sigue y acaban bailando. A veces suben a la habitación del hotel y cierran con pestillo. Y otras veces, llegan al hotel y ella se monta en el primer taxi de vuelta a casa.
¿Sabéis qué fue lo que más me llamó la atención? No fue el tema del sexo (al final, es lo de menos y lo más predecible si llega a darse). Lo que me impactó fue el silencio de después. Más de una me confesó que el instante más raro de todos no es la cita en sí, sino ese momento en el que él se queda dormido o saca el móvil para contestar emails. Es ahí cuando ellas cogen el bolso con ese mismo automatismo con el que yo recojo mis cosas tras cerrar un evento corporativo. Un gesto profesional, pulcro y, si te paras a pensarlo, profundamente solitario.

Los clientes: desde los que me cruzo a diario hasta los fantasmas sociales
En mi día a día trato con tíos que no tendrían ninguna necesidad de pagar por estar acompañados y que, sorprendentemente, lo hacen. Esa es la gran paradoja que mueve este circo. El problema no es que no sepan ligar; es que no tienen el tiempo, no quieren jugarse su reputación o les da demasiada pereza el desgaste emocional que implica conocer a alguien por la vía tradicional. Un divorcio que se complicó, un matrimonio de conveniencia que hay que salvar a toda costa, una agenda frenética o esa timidez que ni todo el dinero del mundo logra borrar. Todo suma y les empuja a contratar un servicio que les garantiza tres cosas: buena presencia, silencio sepulcral y cero compromisos al día siguiente.
Un empresario conocido con el que llevo años trabajando (me guardaré el sector para mí) me lo explicó sin echarle nada de drama, casi con el mismo tono que usa para quejarse de un proveedor:
«Mira, no busco que se enamoren de mí. Solo quiero alguien que sepa estar a la altura de las circunstancias. Me paso la vida rodeado de gente que siempre espera algo a cambio. Pero cuando contrato a una escort de esta categoría, las reglas del juego están clarísimas desde el minuto uno. Sé que no me va a molestar un domingo por la mañana, y ella sabe que nunca la voy a presentar en sociedad. Si encima conectamos, fenomenal. Y si no hay feeling, pues me llevo una buena cena con una mujer espectacular, inteligente, y descanso. ¿Que si es un poco triste? Supongo. Pero prefiero mil veces esto a tener a una amante engañada pensando que va a ser mi futura mujer».
— Hombre de negocios, Madrid
Otro perfil, un chaval más joven del mundillo de los fondos de inversión, me recalcó lo importantísimo que es el factor social. Ferias internacionales, cenas tensas con inversores, o el típico afterwork donde si apareces solo parece que no te traga nadie. «Ni de broma me llevo a una chica que acabo de conocer en Tinder a una cena donde se están cerrando acuerdos millonarios. Necesito a alguien que venga con la lección aprendida», me confesó. Sinceramente, esa frase nos debería dar mucho que pensar a las que nos ganamos la vida gestionando la imagen de los demás. Hemos llegado a un punto en el que el mercado ha convertido en profesión lo que toda la vida llamábamos «tener a alguien al lado».
Claro que también está la otra cara de la moneda: el cliente tóxico. El clásico que acuerda «solo cena» y a las dos de la mañana se pone pesado pidiendo más. El que graba a escondidas. El fanfarrón que va enseñando fotos a los colegas. El miserable que luego racanea con la tarifa pactada o el que se piensa que por tener dinero puede tratar a la gente como basura. Para protegerse, las chicas se pasan listas negras por debajo de la mesa. Ellos, en cambio, tiran de foros de opinión. Es un ecosistema salvaje que sobrevive y se autorregula a trompicones, como pasa siempre cuando las leyes prefieren mirar para otro lado.

La balanza: ventajas e inconvenientes (sin edulcorar)
En el caso de ellas
Lo bueno
- El salto económico: en el segmento Top, o enganchando un viaje largo, puedes facturar auténticas salvajadas en tiempo récord.
- Vivir otra realidad: puertas que se abren de golpe a viajes y ambientes hiper exclusivos que a cualquier otra persona le costaría la vida pisar.
- Eres tu propia jefa (en teoría, claro): tú marcas los precios, dónde pones el límite y qué días libras.
- Un máster acelerado en saber estar: te pules muchísimo en idiomas, aprendes a leer cualquier situación y mejoras tu imagen exponencialmente.
- Independencia total: para muchas, es la manera perfecta de desvincular el sexo del amor y, de paso, evitar depender económicamente de ninguna pareja.
El lado oscuro
- El maldito estigma. El anonimato es un escudo fantástico… hasta el día que se rompe.
- Vives en la cuerda floja: un vídeo filtrado, un chantaje o que alguien hable de más puede dinamitar tu carrera profesional real.
- La carga mental es bestial. Acabas disociando tanto que luego te cuesta horrores mantener una relación de pareja sana.
- El limbo legal. Estás trabajando sin red de seguridad, sin paro y en la alegalidad, aunque Hacienda siempre acabe llamando a la puerta.
- Tratar con clientes que se saltan las normas a la torera. Esa libertad de la que presumes se convierte rápidamente en una sensación de vulnerabilidad brutal.
En el caso de ellos
Lo bueno
- Tener a tu lado compañía top al momento, que sabe guardar un secreto y que encaja como un guante en los ambientes más exigentes.
- Cero dramas y cero ataduras. Ni te van a pedir subir una foto juntos a redes ni tendrás que ir a comer a casa de los suegros.
- En un escenario ideal, te llevas una charla súper estimulante, logras apagar un rato la soledad y te vas a dormir sin deberle nada sentimental a nadie.
El lado oscuro
- Te juegas el tipo igual que ellas: por muy discreto que seas, Madrid es un pañuelo y siempre puedes cruzarte con un conocido en el reservado.
- Pagar no cura el vacío. Muchos se vuelven adictos a estos servicios porque, cuando ella se va, la soledad pega todavía más fuerte.
- Cruzarse la línea roja. Cuando el cliente se confunde y se cree que hay amor, surgen situaciones bochornosas: escenas de celos absurdas, whatsapps de madrugada y el típico discurso de «eres diferente al resto».
El dilema ético que no cabe en 140 caracteres
Podría soltaros aquí la típica moralina de manual, pero no es mi estilo. En España, cada vez que sale el tema de la prostitución nos tiramos los trastos a la cabeza: para unos es siempre violencia machista intolerable, y para otros es un trabajo más, punto. Pero lo que yo he visto de cerca tiene mil matices grises. Me he cruzado con chicas que se meten en esto porque quieren, teniendo estudios, otras opciones y a sus padres detrás por si fallan. Y también he visto a chicas que lo hacen porque, si no, no comen. Hay clientes que son unos auténticos caballeros y tipejos que pagan solo para sentirse los dueños de todo. Si queremos ser adultos, tenemos que dejar de fingir que todos los casos cortan por el mismo patrón.
Ahora bien, hay cosas por las que no paso, y las quiero dejar cristalinas. Es repugnante cualquier mínima sombra de engaño con la edad, coacciones, deudas previas, mafias que retienen pasaportes o agencias abusivas que sangran a las chicas quitándoles la mitad del dinero y quitándoles su derecho a decir que no. No nos equivoquemos: eso no es lujo, es un delito como una catedral. Todo el que ponga un pie en estas plataformas, ya sea para ofrecerse o para contratar, tiene la obligación ética de estar alerta. Pregúntate siempre: ¿esta chica está aquí por su propio pie? ¿Este cliente entiende lo que significa un «hasta aquí»? ¿Hay alguien lucrándose a costa de ella en la sombra? A la mínima duda, esa cita debería cancelarse ipso facto.
Luego hay otro debate ético, mucho más sutil, que a mí me fascina por mi deformación profesional con el tema de la imagen. ¿Hasta qué punto es lícito venderte en redes como un referente de vida aspiracional, ir de chica cosmopolita y exitosa, si resulta que todo ese show lo estás financiando con un trabajo que escondes bajo la alfombra? Muchas de mis entrevistadas viven angustiadas por esta doble vida. Una de ellas me lo planteó así: «Subo un storie desayunando a todo trapo en el Four Seasons, pero obvio el detallito de quién ha pagado la suite. ¿Soy una farsante o simplemente he aprendido a sobrevivir en este juego?». Sinceramente, no tengo una respuesta tajante. Lo que sí sé es que el mundo del lujo actual se sostiene a base de ocultar información. Ninguna revista de moda te va a decir quién ha costeado realmente ese vestidazo de la alfombra roja, ni las crónicas de sociedad publican lo que se ha pactado en voz baja en los baños. Zukery no ha inventado los secretos; simplemente ha montado un modelo de negocio alrededor de ellos.
Me falta tocar un último punto: la mentalidad del cliente forrado. ¿Por qué un señor que podría ligarse a la que quisiera prefiere sacar la chequera? Muy simple: porque pagar le blinda. El dinero le salva de la humillación de poder ser rechazado. El poder es extremadamente solitario. Igual su matrimonio está roto, le viene grande o simplemente se ha acostumbrado tanto a ver a las mujeres de su entorno como socias, competencia directa o figuras paternales, que ya ni recuerda cómo ligar de forma genuina. Y ojo, explicar esto no es justificarles en absoluto. Pero entender las reglas del juego es el primer paso para no dejar que nos tomen el pelo.
Un par de consejos si te estás planteando dar el paso
Os hablo desde la experiencia de quien se dedica a gestionar la imagen y el protocolo, sabiendo lo rápido que se puede hundir una reputación. No voy de reclutadora ni vengo a daros lecciones de moral.
- Fija tus líneas rojas antes de subir la primera foto. Ten clarísimo si es solo compañía social, cuáles son tus límites en la cama y qué entra en la tarifa. Intentar renegociar esto a las tres de la madrugada en un hotel suele acabar muy mal.
- Cortafuegos total con tu vida personal. Usa un nombre ficticio, pilla una línea de teléfono aparte, otro mail, cuentas bancarias distintas y hasta otra galería de fotos. Jamás muestres tu rostro real si no estás mentalizada para que se descubra. Los filtros de Instagram fallan; no te la juegues.
- Haz de detective tú también. Pídele su DNI, investiga el hotel y busca referencias suyas si puedes. Queda siempre en un sitio público la primera vez y asegúrate de que alguien de tu círculo sepa dónde estás. Llámalo paranoia, yo lo llamo manual básico de supervivencia.
- Mantén una mentalidad de empresaria, no de amante caprichosa. Cobra siempre por adelantado si hay que viajar. Deja claras tus tarifas por horas, por noches enteras y por gastos extra. El típico «tranquila, luego lo arreglamos» es el atajo más rápido para acabar sin cobrar y sintiéndote fatal.
- Tu mente y tu cuerpo son tu empresa: trátalos como oro. Hazte chequeos médicos regulares, duerme bien y busca a alguien real con quien desahogarte (que no sea un cliente ni el chat de compañeras). Desconectar emocionalmente ayuda en el momento, pero a la larga pasa una factura psicológica brutal.
- Huye de intermediarios tóxicos. Cualquiera que pretenda «llevarte la agenda», que te ponga pegas con el alquiler del piso o intente quedarse tu documentación no es un representante. Es un peligro andante y un delito con patas.
- Ten siempre la vista puesta en el futuro y, ojo con Hacienda. Es facilísimo fundirse la pasta en bolsos de marca, cenas caras y caprichos. Ahorrar, formarte o montar algo por tu cuenta es de mujeres inteligentes, no de aburridas.
- Aprende a plantar un «no» firme, pero con clase. Tu derecho a negarte es lo único que nunca, bajo ningún concepto, debes poner en venta.
Unas palabras para los hombres que contratan
Si se da por aludido leyendo esto, escúcheme bien, porque no voy a andarme con paños calientes. El respeto básico hacia estas mujeres no es un plus que se paga en la factura. Es el requisito indispensable para no acabar siendo ese cliente patético que ella deseará borrar de su memoria cuanto antes.
- Haga el favor de leerse bien el perfil. Si la chica pone que solo hace acompañamiento social, ahórrese soltarle sus fantasías pornográficas en el segundo mensaje de texto. Creame, sus modales en WhatsApp gritan mucho más alto que el Rolex que lleve en la muñeca.
- Vaya de frente. Especifique qué necesita: ¿una cena de trabajo, salir de fiesta, que se quede a dormir, un viaje? Ir de misterioso y dejarlo todo en el aire no le hace interesante, solo le hace parecer turbio.
- Abone exactamente lo pactado, cuando toca y sin montarle un mercadillo. Ponerme a regatear cincuenta míseros euros después de haberse dejado cuatrocientos en el restaurante no le hace ser más astuto; le convierte en un rácano.
- Entienda que el dinero no compra el consentimiento. Se pregunta siempre, se respeta la respuesta y, sobre todo, ella puede echarse atrás en cualquier momento. Un «no» es fin de la historia. Y un silencio sepulcral, también.
- La discreción es cosa de dos. Prohibido sacar fotos a traición, organizar que sus amigos aparezcan «de casualidad» o presumir de hazaña en el club de pádel. Recuerde que ella también se está jugando el cuello.
- Deje de usar a estas chicas como psicólogas de saldo o como simulacro de novia. Si tiene problemas, pague a un buen terapeuta. Y si quiere amor de verdad, tenga las agallas de jugársela en el mercado real, no usando los sentimientos de alguien que está trabajando.
- En público, el trato debe ser exquisito, como el que le daría a cualquier invitada de honor, nada de esconderla como si fuera algo sucio. Las normas de protocolo se inventaron justo para eso: para poder cenar en público sin que nadie pierda la dignidad.
El protocolo exacto para salir airoso de una velada así
Poniéndome la gorra de asesora de imagen y tirando de mi experiencia navegando por salas donde un mal gesto te arruina más que decir una barbaridad, os voy a dar la guía práctica. Si el plan es un evento público (tipo gala de premios, convención anual o cena corporativa), el look de ella tiene que mimetizarse con el entorno. Olvidaos de estilismos subidos de tono. Hablamos de escotes elegantes, joyas minimalistas, un bolso de mano discreto y tacones con los que se pueda andar sin parecer un pato mareado. Por parte de él: nada de presentarla como «una vieja compañera de clase» si salta a la vista que no cuela. Se usa el alias pactado y se le asigna una profesión creíble. El alcohol, bajo mínimos, que ya sabemos cómo suelta las lenguas. Y la regla de oro: hay que esfumarse estratégicamente cinco minutos antes de que arranquen las temidas fotos de familia. Abrigos al ropero y móviles siempre en modo avión.
Cuando se trata de un viaje de trabajo, el nivel de exigencia sube. Se reservan habitaciones contiguas o incluso en plantas diferentes, dependiendo del trato. Bajo ningún concepto ella asoma por las reuniones de la empresa. Ni se os ocurra dejarla tirada con los típicos socios listillos que se pasan de graciosos. Hasta la vuelta al aeropuerto tiene que estar medida al milímetro. Un consejo de pro: refugiaos en el anonimato que te da un macrohotel de cadena internacional. Los hoteles boutique son preciosos, pero el recepcionista de turno se aburre demasiado y acaba enterándose de todo.
Y para terminar, una ley inquebrantable para ambas partes: lo que pasa dentro de la habitación del hotel, se queda en la habitación del hotel. Si necesitas ir contándolo por ahí, entonces no has entendido nada. El lujo más auténtico jamás necesita aplausos.

Lo que todo este negocio destapa sobre nuestra sociedad
Podríamos mirar para otro lado y hacer como si Zukery fuera una anécdota, una web más en un Madrid saturado de ofertas. Pero nos estaríamos engañando. Es un espejo inmenso. El reflejo de muchísimas mujeres que se han dado cuenta de que ser atractiva cotiza al alza, y han decidido tomar las riendas de ese valor en vez de malvenderlo en trabajos precarios que las explotan. El reflejo de miles de hombres que tienen unas agendas apabullantes pero que son incapaces de sostener una relación íntima de calidad. Y, en el fondo, el reflejo de un país que se pasa el día consumiendo vidas ajenas y fotos en redes sociales, para luego echarse las manos a la cabeza escandalizado cuando alguien decide ponerle una etiqueta con el precio a todo eso que antes regalaba.
E inevitablemente, es el espejo de mi propio trabajo. Me dedico a pulir la imagen de hombres y mujeres para conseguir que se les abran las puertas. Por eso sé perfectamente el pastizal y el esfuerzo que hay detrás de un buen fondo de armario, de mantener un estilismo intacto a última hora de la tarde o de ser capaz de sostener una charla brillante sin quedarse en blanco. Una buena parte de las fortunas que mueven estas plataformas van precisamente ahí: a pagar todo ese esfuerzo invisible que hace que parezca que no te has esforzado nada. Lograr que la sofisticación parezca algo natural es, sin lugar a dudas, lo más caro que puedes comprar.
No voy a venderos el cuento de que aquí todo el mundo sale ganando. En estas entrevistas he compartido risas cómplices, pero también he visto a mujeres romperse a llorar recordando la humillación de cruzarse con un cliente en un cumpleaños familiar. He escuchado a tíos de piedra jurar que una de estas chicas les sacó de una depresión brutal. Y he oído a mujeres aterrorizadas confesando que ya no saben cómo enamorarse sin pensar inconscientemente en cuánto cobrarían por hora. En una simple noche de hotel cabe toda la complejidad del ser humano, y también es el sitio perfecto para perderse definitivamente.
A modo de cierre: sobre la libertad, el elitismo y lo que nadie sube a Instagram
Siempre que alguien me pide que defina qué es una «chica de lujo», le digo lo mismo. No es la que derrocha más pasta. Es la que tiene más poder de elección. Poder para escoger qué se pone, en qué mesa se sienta, cuándo prefiere callar y con quién quiere tomarse ese último gin-tonic. Las mujeres a las que he entrevistado están ejerciendo ese derecho a elegir, algunas con más libertad que otras, todo hay que decirlo. Y los clientes hacen exactamente lo mismo. En medio de esas dos decisiones voluntarias, hay firmado un contrato invisible que la sociedad sigue empeñada en ignorar.
No soy quién para animar a ninguna mujer a que abra un perfil en una de estas páginas. Faltaría más. Pero tampoco pienso pedirle a nadie que mire hacia otro lado y finja que esta realidad no convive con nosotros mientras cenan a dos mesas de distancia de un hombre trajeado y su acompañante perfecta. Al final, el protocolo auténtico (el que importa, no el de saber dónde va la servilleta) trata simple y llanamente de esto: de no humillar, de no juzgar con el dedo y de aprender que tu deseo jamás te da derecho a pasar por encima de nadie.
Si me llevo alguna lección clara de todas estas horas de charla, es una verdad más vieja que el hilo negro, pero pasada por el filtro de las calles de Madrid: el verdadero lujo jamás ha residido en la suite presidencial. El lujo es, y siempre será, tener la opción de marcharte. Para ellas, significa tener el colchón suficiente para plantarte, decir «no» y salir por la puerta con la cabeza alta. Para ellos, consiste en tener la paz mental para soportar su propia compañía sin necesidad de alquilar testigos. Todo lo demás (el catálogo de fotos, los niveles VIP, las cenas espectaculares y esa supuesta chispa que surge de vez en cuando) no deja de ser puro decorado.
Y todos sabemos lo que le pasa al decorado cuando sale el sol. Que toca desmontarlo y volver a la realidad.


